No recordaba que Hilario vivía en mi casa hasta que a las siete de la mañana tropecé con las botas que había dejado en el pasillo. Desde la noche de las presencias deja su calzado fuera de su habitación, para que no se enrarezca el aire, me dijo, pero no se le ocurre comprar unas plantillas ni cambiar los calcetines de vez en cuando. Al entrar en el cuarto de baño estaba comenzando a sentirme molesto, pero de pronto me sorprendí al descubrir en el suelo una blusa y una minifalda negra que obviamente no eran mías ni de Hilario. El muy perro se había traído a casa a la morena con la que estaba tonteando en el bar, cuando yo me vine para casa y él se quedó porque yo trabajo y el vive de gorrón en mi piso sin dar palo. Como venganza decido ponerme a cantar en la ducha pero de pronto se acaba el agua caliente y decido callarme. Comprendí entonces esa expresión que dice que la venganza se sirve en plato frío. Me paso toda la mañana pensando en todo lo que le voy a decir a Hilario para que se largue de una vez, pero al llegar a casa me quedo mudo cuando Hilario me pregunta si me importa que Irene se quede unos días en “nuestro piso”. Me explica que es rusa y que está en una situación complicada, pero que en unas semanas todo se resolverá y se irá. Supongo que confundió mi cara de perplejidad con un asentimiento y sin más dijo que tenía que salir y que no me molestara en hacerle nada de comer, que ya se tomaría un bocata en el bar de Toño.
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