Crudeza.
Era
inevitable, después de leer Ceniza en la boca tenía que leer
la primera novela de Brenda Navarro: Casas vacías. Se trata
de un relato en el que vuelve a tratarse el tema de la soledad y del
desarraigo, de la necesidad de volcar nuestra existencia en otra
persona. En esta ocasión se trata del enfermizo sentimiento de
maternidad que une a dos mujeres y el vacío que sienten cuando se
truncan sus expectativas.
La
narración alterna entre las dos mujeres de tal manera que al
principio llegamos a pensar que habrá algún artificio literario que
hará que al final se trate de la misma persona. Las dos, al fin y al
cabo, sufren a causa de su maternidad y acaban teniendo una vida poco
funcional debido a un mismo acontecimiento.
Se
trata, de nuevo, de duras experiencias narradas de una manera cruda y
sin adornos. Brenda Navarro nos enfrenta a una realidad que en
algunos momentos nos parece demasiado cruel y violenta, pero que
sabemos que existe. Es más, tenemos la certeza de que las mujeres de
Casas vacías pueden ser nuestras vecinas, pueden vivir en
nuestro barrio y podemos estar a diario coincidiendo con ellas en el
supermercado o en la cola de la panadería. En el fondo, solamente
nosotras mismas conocemos los tormentos y demonios que llevamos
dentro.
Personas
rotas y sin esperanza, obsesionadas con un deseo irrealizable,
consumidas por la culpa y la certeza de que su futuro no depende de
ellas. Casi nada de lo que hagan servirá para alcanzar cierta
tranquilidad; no hai un camino correcto, solamente calamidades y
destinos aciagos que se cumplirán inesorablemente.
Y
sin embargo, ya al final del libro, parece que todo puede arreglarse,
que ambas mujeres seguirán con sus vidas ásperas y crueles, pero
sin el trágico final que durante toda la novela creemos intuir. O
tal vez no, tal vez todo está deteminado desde el mismo momento en
el que vemos claro que ambas mujeres quieren lo que no pueden tener.
Pues en realidad de lo que trata Casas vacías es de la
terrible sensación de vacío que nos provoca no solamente las cosas
y las personas que perdemos, sino también aqullo que sabemos que no
podremos tener. La impotencia que sentimos al descubrir que el mundo
entero conspira contra nosotros y trata de impedirnos por todos los
medios que cumplamos nuestros deseos. Y muchas veces, cuanto más se
oponen los demás más resistencia ofrecemos nosotros. Nos negamos a
aceptar que las cosas tengan que ser así y acabamos cruzando la
linea que separa la locura de la cordura. Acabamos siendo personas
normales y corrientes, con una vida más o menos organizada y lógica
en todos los aspectos de nuestra vida salvo en ese que nos obsesiona
de tal modo que acaba siendo el centro de nuestra existencia, la
razón última por la que seguimos viviendo y llenando nuestra cabeza
de planes y proyectos que no podremos llevar a cabo y que hace que
nos sintamos como casas vacías.