lunes, 23 de marzo de 2020

Los adioses. Juan Carlos Onetti.





Ambigüedad.


Desde las primeras páginas de Los Adioses, de Juan Carlos Onetti, sentimos cierta confusión, una incómoda sensación de no entender muy bien lo que nos cuenta, o quien nos lo cuenta. La historia es más bien sencilla y única. No hay subtramas que entorpezcan la narración, ni siquiera hay un hilo argumental basado en la acción. En realidad suceden muy pocas cosas en esta novela, y tal vez en eso reside uno de sus mayores méritos. Lo importante no es lo que sucede, sino cómo interpretamos lo que que sucede.
Como no creo que nadie vaya a leer la novela después de leer esta entrada(¿leerá alguien esta entrada?), diré que Los Adioses trata exactamente de eso, de las despedidas de un hombre enfermo que se sabe desahuciado. Decide retirarse a un sanatorio, aunque sin esperanza de volver, y allí recibe cartas y más tarde la visita de una mujer con su hijo y de una joven.
Ya está, el argumento ya está apuntado y realmente no ocurre nada más. El relato, sin embargo, va tejiéndose a través de la mirada del tabernero del lugar, que es el narrador y a su vez uno de los protagonistas de la novela. Él nos cuenta lo poco que pasa, aunque la esencia del libro, como ya he dicho, no está tanto en lo que pasa como en lo que piensa, en lo que sospecha y en lo que interpreta este narrador. Nos va desgranando la situación según lo que él mismo deduce, y añade muchas veces lo que le cuenta un enfermero del sanatorio y una camarera de habitación del hotel en el que durante una temporada también se aloja el hombre.
Y nosotros, confiados, vamos formándonos una idea de lo que ocurre. Nos dejamos llevar por los comentarios, por la visión totalmente subjetiva del narrador al que creemos en todas sus suposiones y suspicacias. Solamente al final entendemos que hemos caído en una pequeña trampa, que Onetti no pretende contarnos una historia, sino ponernos en evidencia, demostrarnos que hemos sido lectores confiados y que nos hemos dejado embaucar por las habladurías de unos personajes que no son simplemente los protagonistas de la historia, sino que en realidad son los que la inventan.
Pues si algo caracteriza Los Adioses es la existencia de dos historias, aunque solamente al final lo comprendemos, cuando el tabernero decide abrir un par de cartas que por descuido, o mala fe, había olvidado entregar al hombre. Durante gran parte del libro avanzamos convencidos de que las informaciones que nos va aportando el narrador-protagonista son ciertas sin pensar que es Onetti el que pretende enredarnos y confundirnos.
Y así, al llegar al final, sospechamos que la historia no es lo importante, no es lo que Onetti nos quiere contar. Descubrimos que el autor nos obliga a participar, nos otorga el estatus de protagonistas al igualarnos con el pueblo, con esa masa ansiosa de saber y de dar credibilidad a los chismes y comentarios que nos van aportando tanto el tabernero como el enfermero y la mucama.
El estilo de Los Adioses, al igual que el de toda la obra de Onetti, es preciso y certero, con dobles, y a veces triples enumeraciones que aportan significados nuevos, incluso opuestos. Su lectura requiere un esfuerzo lector que no está muy de moda en estos tiempos en los que apenas podemos centrarnos en algo que sobrepase la extensión de un tuit. Debemos tener en cuenta que se trata de la obra de un escritor a la vieja usanza. Onetti no pretende ser tu amigo, no es como uno de esos autores actuales que mima a sus lectores, que tienen página en facebook y contesta a tus comentarios como si fuese tu amigo de toda la vida. No. Onetti no escribe para ti, no busca complacernos ni espera nuestra opinión. Le da igual que consigas leerlo o que lo recomiendes en la radio o en tu cículo de amistades, o incluso que lo consideres como uno de los autores imprescindibles. Onetti no escribía para eso, no necesitaba alimentar su ego ni aparecer en los medios de comunicación o en los congresos sobre literatura.Simplemente era un escritor que escribía.
Su calidad literaria es incuestionable, aunque lamentablemente no es tan conocido como Márquez o Vargas-Llosa, tal vez por esa tendencia suya a encerrarse en su obra, a crear y recrear el mundo de Santa María, la ciudad que inventó y en la que suceden buena parte de sus novelas. La lectura de su prosa, lenta y rica en matices, nos plantea cuestiones existenciales universales, comunes al ser humano, y nos obliga a enfrentarnos a la soledad en la que en realidad todos estamos inmersos. Al fin y al cabo, en soledad escribimos y en soledad leemos.

viernes, 6 de marzo de 2020

Efectos secundarios (I)




Los problemas comenzaron hace unos meses.
Un día me levanté con una extraña sensación en el brazo derecho. Un leve dolor que irradiaba desde la parte frontal del hombro hasta la parte lateral del antebrazo. No le di importancia. Unos días antes había estado haciendo ciertos trabajos en el jardín y era normal que mis músculos se resintiesen un poco. Al fin y al cabo ya no soy un hombre joven.
Pero el dolor fue a más. Ya no se trataba simplemente de una molestia al hacer movimientos o intentar levantar pesos. Comencé a despertarme por las noches sintiendo una intensa punzada en el brazo, como si de pronto algo se rompiera dentro del hueso. Me paseaba por la habitación con el cuerpo empapado en sudor y un extraño sabor metálico en la boca, buscando el origen del dolor, intentando recordar algún golpe fortuito, tal vez algún esfuerzo o un movimiento brusco al que en su momento no le había prestado atención. La ausencia de causas claras me llevaba entonces a divagar sobre la posibilidad de algún tumor, un defecto congénito que se manifestara a partir de los cuarenta o tal vez alguna lesión mal curada de mi época de jugador. En la madrugada, las más disparatadas explicaciones comenzaban a tener sentido para mi. Muchas veces, el amanecer me sorprendía buscando en el ordenador información sobre dolores repentinos en el cuerpo, anotando síntomas y comparándolos con lo que yo experimentaba o poniendo en práctica ridículos remedios caseros. Acabé siendo un experto en dolores de articulaciones, huesos y músculos, aunque no encontraba nada que se ajustase exactamente a lo que yo sentía.
No se trata de un simple dolor, razonaba con mi compañera, es como si me estuvieran arrancando el brazo, como si no formase parte de mi. A la tercera noche que la desperté con mis gemidos y mis balbuceantes razonamientos, ella me obligó a ir al médico.
Sabéis que soy poco propenso a visitar a cualquier profesional que para realizar su trabajo tenga que ponerse una bata blanca, pero aquello comenzó a asustarme un poco, sobre todo al descubrir que cada vez el dolor era más persistente y que ningún analgésico de los que te dan sin receta médica surtía efecto.
Bursitis y desgarro del manguito rotador sin rotura, dijo la doctora mientras extraía el catéter con la nanocámara de lente fibrilar de mi cuerpo. Algún movimiento brusco y forzado podía producir un desgarro en los tendones del hombro y las bursitis son frecuentes después de realizar movimientos continuos y repetitivos. Lo extraño es que hasta hoy no tuvieses ningún tipo de molestia, añadió, estos síntomas son muy habituales en este tipo de implantes.
Implantes? Qué implante? Pregunto asombrado.
La doctora levanta la vista de la pantalla vertical en la que hace unos segundos podía ver el interior de mi articulación y me observa durante un instante. Mi confusión va en aumento. ¿De qué me está hablando? ¿Qué ha visto en mi hombro? Noto como mi corazón se acelera, empiezo a sentirme nervioso y mareado, y lo peor es que también la doctora parece inquieta. Comienza a buscar información en la pantalla vertical y en el reproductor holográfico aparece una representación de mi cuerpo acompañada de información variada sobre mi. Mi nombre y mi código de identificación universal, la fecha de mi nacimiento, datos sobre el análisis genético, los riesgos porcentuales de padecer las enfermedades típicas. Todo parece normal en mi expediente sanitario. Todo es normal salvo esto, me dice la doctora señalando la imagen holográfica tridimensional. Mi brazo derecho aparece con una tonalidad distinta y marcada con la referencia JUN2017_implante_orgánico.
Pero que quiere decir eso? No recuerdo que me hayan implantado nada! Tiene que tratarse de un error! De pronto la imagen desaparece y comienza a sonar un pitido intermitente. Con un gesto e fastidio la doctora se separa de la pantalla vertical que solamente muestra un escueto mensaje que dice “Iniciado el protocolo 5 de seguridad”.
Seguro que no recuerdas nada, me pregunta la doctora cada vez más inquieta. Todo tu historial médico ha desaparecido al intentar acceder a la información sobre el implante, como si hiciese saltar algún tipo de alarma. Nunca me había pasado nada semejante. Me levanto y comienzo a dar vueltas por la consulta mientras la doctora intenta recuperar los datos pulsando las teclas de su periférico de volcado remoto. Tienes que haber sufrido algún accidente hace unos años, o algún tipo de enfermedad degenerativa. Por lo que pude observar, tu brazo derecho es un implante y ese tipo de operaciones no son algo que pueda realizarse sin el consentimiento del paciente, y mucho menos sin su conocimiento. Le tiembla la voz al hablar. Yo camino confuso de un lado a otro del cubículo, me asomo a la ventana, vuelvo a mirar los monitores apagados y el reproductor holográfico en el que hace unos minutos pude vez claramente las cicatrices internas que evidenciaban algún tipo de operación de la que no tenía recuerdo alguno. ¿No se tratará de un error?, pregunto, ¿no será el historial de otro paciente el que acabamos de ver? La doctora niega con la cabeza mientras intenta volver a consultar mi expediente sanitario.
La pantalla de comunicación se ilumina indicando que hay una videollamada entrante. Antes incluso de que la doctora responda aparece la imagen de un tipo de unos cincuenta años. Buenos días doctora, perdone la intromisión, pero creo que está intentando acceder a cierta información para la que no está autorizada. Podría si es tan amable decirme a que se debe su interés?
- Intento acceder al expediente de un paciente que presenta molestias en un hombro- responde la doctora sin comprender muy bien lo que está pasando. - Por lo que pude ver fue sometido a algún tipo de trasplante y quisiera descartar que se trate de algún tipo de efectos secundarios de la operación antes de hacer un diagnóstico.
- Dígame doctora, el paciente está aún en la consulta?
La doctora me mira durante una milésima de segundo antes de hacer un gesto negativo. Desde donde estoy puedo ver perfectamente la expresión de incredulidad en el rostro que aparece en la pantalla.
- Doctora, es importante que comprenda que este asunto no entra en las funciones que tiene usted encomendadas. Tengo que rogarle que espere en la consulta hasta la llegada del personal debidamente cualificado. Es prioritario que el paciente …
Estrello la pantalla de comunicación contra la pared lateral mientras busco respuestas en los ojos atemorizados de la doctora. Su rostro es una mezcla de sorpresa e inquietud y su voz entrecortada repite sin cesar que ella no sabe nada, que no tiene ni idea de lo que está pasando. Mi violenta reacción parece haberla asustado un poco, y la puerta bloqueada por la que pretendo salir no contribuye a que se tranquilice.
-Estamos encerrados. Qué demonios está pasando aquí?
Yo ya no le prestaba atención. Asomado a la ventana buscaba algún saliente que me permitiese descender los dos pisos que había hasta la calle sin romperme un hueso. No hubo tiempo para pensarlo demasiado. Dos personas con extraños uniformes entraban en la consulta cuando salté hacia el balcón del piso inferior.