Ambigüedad.
Desde
las primeras páginas de Los Adioses, de Juan Carlos Onetti, sentimos
cierta confusión, una incómoda sensación de no entender muy bien
lo que nos cuenta, o quien nos lo cuenta. La historia es más bien
sencilla y única. No hay subtramas que entorpezcan la narración, ni
siquiera hay un hilo argumental basado en la acción. En realidad
suceden muy pocas cosas en esta novela, y tal vez en eso reside uno
de sus mayores méritos. Lo importante no es lo que sucede, sino cómo
interpretamos lo que que sucede.
Como
no creo que nadie vaya a leer la novela después de leer esta
entrada(¿leerá alguien esta entrada?), diré que Los Adioses trata
exactamente de eso, de las despedidas de un hombre enfermo que se
sabe desahuciado. Decide retirarse a un sanatorio, aunque sin
esperanza de volver, y allí recibe cartas y más tarde la visita de
una mujer con su hijo y de una joven.
Ya
está, el argumento ya está apuntado y realmente no ocurre nada más.
El relato, sin embargo, va tejiéndose a través de la mirada del
tabernero del lugar, que es el narrador y a su vez uno de los
protagonistas de la novela. Él nos cuenta lo poco que pasa, aunque
la esencia del libro, como ya he dicho, no está tanto en lo que pasa
como en lo que piensa, en lo que sospecha y en lo que interpreta este
narrador. Nos va desgranando la situación según lo que él mismo
deduce, y añade muchas veces lo que le cuenta un enfermero del
sanatorio y una camarera de habitación del hotel en el que durante
una temporada también se aloja el hombre.
Y
nosotros, confiados, vamos formándonos una idea de lo que ocurre.
Nos dejamos llevar por los comentarios, por la visión totalmente
subjetiva del narrador al que creemos en todas sus suposiones y
suspicacias. Solamente al final entendemos que hemos caído en una
pequeña trampa, que Onetti no pretende contarnos una historia, sino
ponernos en evidencia, demostrarnos que hemos sido lectores confiados
y que nos hemos dejado embaucar por las habladurías de unos
personajes que no son simplemente los protagonistas de la historia,
sino que en realidad son los que la inventan.
Pues
si algo caracteriza Los Adioses es la existencia de dos historias,
aunque solamente al final lo comprendemos, cuando el tabernero decide
abrir un par de cartas que por descuido, o mala fe, había olvidado
entregar al hombre. Durante gran parte del libro avanzamos
convencidos de que las informaciones que nos va aportando el
narrador-protagonista son ciertas sin pensar que es Onetti el que
pretende enredarnos y confundirnos.
Y
así, al llegar al final, sospechamos que la historia no es lo
importante, no es lo que Onetti nos quiere contar. Descubrimos que el
autor nos obliga a participar, nos otorga el estatus de protagonistas
al igualarnos con el pueblo, con esa masa ansiosa de saber y de dar
credibilidad a los chismes y comentarios que nos van aportando tanto
el tabernero como el enfermero y la mucama.
El
estilo de Los Adioses, al igual que el de toda la obra de Onetti, es
preciso y certero, con dobles, y a veces triples enumeraciones que
aportan significados nuevos, incluso opuestos. Su lectura requiere un
esfuerzo lector que no está muy de moda en estos tiempos en los que
apenas podemos centrarnos en algo que sobrepase la extensión de un
tuit. Debemos tener en cuenta que se trata de la obra de un escritor
a la vieja usanza. Onetti no pretende ser tu amigo, no es como uno de
esos autores actuales que mima a sus lectores, que tienen página en
facebook y contesta a tus comentarios como si fuese tu amigo de toda
la vida. No. Onetti no escribe para ti, no busca complacernos ni
espera nuestra opinión. Le da igual que consigas leerlo o que lo
recomiendes en la radio o en tu cículo de amistades, o incluso que
lo consideres como uno de los autores imprescindibles. Onetti no
escribía para eso, no necesitaba alimentar su ego ni aparecer en los
medios de comunicación o en los congresos sobre
literatura.Simplemente era un escritor que escribía.
Su
calidad literaria es incuestionable, aunque lamentablemente no es tan
conocido como Márquez o Vargas-Llosa, tal vez por esa tendencia suya
a encerrarse en su obra, a crear y recrear el mundo de Santa María,
la ciudad que inventó y en la que suceden buena parte de sus
novelas. La lectura de su prosa, lenta y rica en matices, nos plantea
cuestiones existenciales universales, comunes al ser humano, y nos
obliga a enfrentarnos a la soledad en la que en realidad todos
estamos inmersos. Al fin y al cabo, en soledad escribimos y en
soledad leemos.

