viernes, 10 de julio de 2015

El último cliente.

Dicen por ahí que estoy acabado, que mi etapa creativa ha pasado y que mejor haría en cambiar de oficio. Dicen que resulta patética mi impostura, este dejarme caer por los ambientes intelectuales y por las cafeterías universitarias con la esperanza de oír como las veinteañeras hablan de mis poemas. Dicen algunos que la fama se me ha subido a la cabeza, que llevo décadas sin inspiración y sin tener nada que contar

Pero qué pretenden, que tenga la misma pasión de los veinte años, cuando a las seis de mañana llegaba llegaba a mi habitación y me ponía escribir patéticos poemas de amor?? Pretenden que siga hablando de la felicidad de sentir la amistad flotando en cada pinta de cerveza??

Qué sabrán ellos. Críticos literarios que aparecen con cualquier descerebrado en vulgares tertulias televisivas, catedráticos de universidad que llevan años impartiendo la misma clase. Qué sabrán de los demonios que me torturan al intentar escribir; de la fría certeza con la que se tiñe todo lo que pienso y todo lo que siento; de las noches de insomnio preguntándome si quedará algo de mi en mis escritos; del abismo al que me asomo cada vez que las palabras se vuelven artificios inútiles para explicar la única verdad inquebrantable que nos ofrece la vida.

Qué sabrán...

Buscan ídolos a los que adorar mientras ellos siguen enriqueciéndose a su costa, espíritus libres y creadores a los que encumbrar en un instante para ir desmenuzándolos poco a poco con sus picotazos cargados de envidia e inquina. Critican lo que no comprenden y me acusan de ser demasiado oscuro o demasiado intelectual, de ser un poeta elitista que no llega al público. Llegaron incluso a decir que detrás de mis enrevesados versos armónicos no hay mensaje, que no tengo nada que contar y que todo es puro artificio para satisfación de unos pocos que creen percibir en mis escritos verdades que están más allá del entendimiento normal de las personas.

El hombre guardó silencio, saldó su cuenta y se fue.
Sus palabras aún resonaban en el local cuando apagué las luces y cerré la puerta.






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