La voz del mejicano sonaba a través de la vieja puerta de madera. Mi abuela nos había dicho que la chica vivía en el número 18. También me dijo que era buena moza para mí y me recordó que tenía que ir a pintarle la habitación de invitados. Insistió en que entráramos a tomar un trozo de empanada y un vaso de vino pero Irene le dijo que teníamos un poco de prisa y que era mejor que se metiese de nuevo en su casa.
Como he visto muchas películas de sábado por la tarde al escuchar un par de golpes y las palabras del mejicano me imaginé a Raquel atada a una silla mientras el malo la abofeteaba y la amenazaba con un cuchillo de cocina o una botella rota o un machete de carnicero... A estas alturas ya no me sorprendió ver a Irene con la pistola en una mano mientras con la otra me indicaba que me quedase quieto. La verdad es que no tenía ninguna intención de moverme pero creí oportuno indicarle a Irene que no podría abrir esa puerta de una patada. Se trataba de una puerta maciza de castaño que tenía dos pestillos y que había resisitido los culatazos de los fusiles de los soldados franceses doscientos años antes, cuando quisieron llevarse al tatarabuelo de mi abuela y la taratarabuela comenzó a gritar y a arrojar erizos de castañas por la ventana mientras los hijos de Napoleón gritaban Qu'est ce que c'est? Qu'est ce que c'est? Bueno, esto me lo contaba mi abuelo mientras me enseñaba las muescas en la puerta y en las paredes de la gran casa en la que vivían cuando yo era niño. Después hicieron dos viviendas y alquilaron una de ellas para estudiantes.
Lo que quiero decir es que aquella casa no tenía secretos para mí por eso le indiqué a Irene que era mejor ir por la bodeguilla que había en la parte de atrás. La llave estaba en la maceta de la derecha pero no hizo falta abrir la puerta ya que de pronto la puerta se abrió y un hombre salió con un móvil en una mano y un cigarro en la otra. Era uno de los mejicanos que estaban en el bar de Toño y no pareció sorprenderse demasiado cuando Irene le puso la pistola en la frente indicándole que le diera el móvil.
Estais muertos, nos dijo mientras intentaba llevarse el cigarro a la boca. Y digo intentó porque Irene le propinó un golpe tan fuerte en la cara que el pobre hombre se desplomó sobre el pequeño banco de madera que había debajo de la parra.
Átalo, me ordenó mientras me señalaba la cuerda que sujetaba el cubo de cinc que estaba en el pozo. Aproveché para sacar un poco de agua fresca ya que comenzaba a tener bastante sed y decidí llevarle una poca a Raquel, que no salía de su asombro al verme entrar empujando a un hombre con una mano y sosteniendo en la otro un cubo lleno de agua. Además le había robado el paquete de Malboro al mejicano y tenía un cigarrillo en la boca. Bueno chicas, ¿qué hacemos con este?, pregunté con la mayor naturalidad del mundo y sin despegar el cigarro de los labios. ¿Queréis que le haga hablar?
No te preocupes, me dijo Raquel mientras se refrescaba la cara con un paño mojado, ya sabemos lo que buscaba.
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