A lo lejos un perro solitario, extraños sonidos en el invierno boreal. Un motor rompe el silencio de la noche, voces de gente que madruga, tal vez algún borracho que no puede volver a casa. Son las seis de la mañana y de pronto descubro que Mar de Beaufort ya no es el desierto de hace unos meses. Puede parecer extraño, pero este inmenso mar de hielo se ha poblado de estrellas de mar cantarinas, y de elefantes azules y jirafas rosadas. Incluso he visto algún conejo parlanchín haciéndose pasar por humano. O era al revés?
Ya nada es lo que era, ni siquiera el tiempo parece tener la misma duración. Una tarde se convierte en el intervalo que va de una toma a otra toma y las noches son ese pequeño vestigio que nos confirma que una vez hubo otra vida. Si, en otro tiempo también teniamos la costumbre de dormir por las noches. Lo demás ha cambiado tanto que a veces no me reconozco. Y yo, tan aficionado a la rutina y al sosiego descubro que todo lo que necesitaba en la vida era un poco de acción.