lunes, 23 de septiembre de 2019

Forza Solar.



Si todas las noches en lugar de dormir pudieras contar estrellas, y pudieras contar una estrella cada segundo, tardarías toda una vida en contar todas las estrellas que tiene nuestra galaxia. Mi padre me decía estas cosas, y otras muchas que ya no recuerdo, mientras armábamos su viejo telescopio sobre la montura ecuatorial que ya habíamos reparado más de una vez.
Mi padre no era una persona cultivada, ni siquiera había recibido formación superior, pero sin embargo siempre supo transmitirnos la importancia de aprender e intentar superar en todo momento nuestros límites. Mis hermanas y yo nos criamos en un ambiente de escasos recursos económicos e intelectuales pero con grandes dosis de curiosidad y novedades. Ahora se que muchas de las cosas que para nosotros eran novedades también lo eran para ellos, que la primera vez que visitaron un museo científico fue con nosotros o que aquel viaje de tres horas más allá de la linea gravitatoria de la Tierra supuso la renuncia a cambiar de coche y la obligación de ir a trabajar en el colectivo durante los siguientes tres años, con el consiguiente madrugón que eso suponía. Pero en aquel momento, aquellas noches que pasábamos a la intemperie, escuchado el sonido del aire al pasar entre de los manzanos, eran para mi una prueba más de que mi padre lo sabía todo, de que ya lo había vivido todo.
Y ahora que han pasado más de veintisiete años desde su muerte lo recuerdo casi a diario, sobre todo al mirar por los enormes ventanales de esta nave y descubrir que continuamos en rumbo de colisión hacia el sol.
Quien me lo iba a decir a mí hace quince años.
Cuando acabé mis estudios conseguí colocarme en una empresa que organizaba cruceros espaciales entre las distintas bases planetarias en órbita. Mi especialidad eran los paneles solares. Había participado en el grupo de trabajo que había desarrollado las velas de captación de energía cósmica y humildemente debo de reconocer que tenía cierto prestigio en el mundillo. La empresa se puso en contacto conmigo incluso antes de terminar mis obligaciones con el Departamento de Formación y como el sueldo era bueno y me ofrecían trabajar en la Base Lunar IV (la más cercana a la Tierra) acepté sin pensarlo.
Por aquel entonces mantenía un estrecho contacto con mi familia. Mi madre trabajaba una de las centrales de transformación de plásticos que aún existían en medio del océano. Todas las semanas conseguía que mis hermanas y yo nos juntásemos en su transbordador habitacional para comer y conversar en persona. Ella, al igual que mi padre, decía que aún éramos seres gregarios, que necesitábamos el contacto físico y la presencia real. Que a pesar de todos los avances tecnológicos que nos permitían estar conectados con otras personas a miles de husos de distancia había una necesidad en nosotros que solamente la presencia del otro podía satisfacer. Por eso siempre tuvo un interés especial en mantener aquellas reuniones semanales. Cuando murió mi padre abandonó la colonia residencial en la que vivían y se compró aquel transbordador habitacional diciendo que así podría desplazarse a visitarnos cuando quisiera o recibir nuestras visitas en cualquier lugar de la órbita abierta. Recuerdo que mis hermanas y yo le habíamos preguntado si se acostumbraría a vivir siempre dentro de una cápsula habitacional, si no le vendría mejor seguir en la colonia, cerca de los lagos artificiales y de los bosques. Dijo que eso lo tendría siempre a su alcance, que simplemente tendría que desplazarse a alguno de los parques de esparcimiento y quedarse allí todo el tiempo que necesitase. Yo no lo veía muy claro, y sin embargo ahora soy yo el que vivo en una nave espacial con la certeza de que no volveré a pisar jamás los bosques de la Tierra.
Mientras me preparo para la revisión exterior pienso en las vueltas que ha dado mi vida en los últimos años. Como iba yo a suponer que acabaría presentándome voluntario para esta misión, que mi destino final estaría en un desplazamiento constante a través del espacio. Todo comenzó hace ocho años, cuando mi empresa fue seleccionada por el Gobierno Mundial para participar en el Proyecto Colonia. Para no aburrirles con datos que seguramente ya conozcan les diré que mi trabajo dentro del proyecto consistió en adaptar las velas de captación solar para que fuesen capaces de aprovechar también la energía cósmica. La tecnología ya existía desde hacía décadas, pero nunca se había utilizado en una misión de aquel tipo. Obviamente, mi parte en aquel asunto concluiría unas semanas antes del inicio del viaje. Después todo quedaría en manos del equipo de ingeniería que formaba parte de la tripulación. Y no solamente en lo referente a la propulsión y a la generación de energía en general. Debido a las peculiaridades de aquella misión entre la tripulación había especialistas en todas las áreas de conocimiento científico y tecnológico del momento. De hecho, la mayoría de ellos habían participado desde el principio en el proyecto, tomando decisiones y aportando ideas y soluciones a todos los problemas que a lo largo del tiempo se habían ido planteando.
Como ya he dicho, yo formaba parte del equipo de ingeniería encargado de diseñar las velas de captación de polvo solar. El equipo estaba formado por siete personas, tres hombres y cuatro mujeres, y yo era el único que me quedaría en tierra, o al menos eso era lo que pensaba yo. Al cabo de cuatro años una poderosa razón había provocado que cambiara de planes.
El mar es cambiante y nunca sabes en que momento te va a ofrecer la gran ola. Mi padre me decía esto mientras me animaba a meterme de nuevo en el agua con la tabla. Nos había contagiado su amor por el mar y por todas las actividades relacionadas con el líquido elemento. Cuando otros niños aprendían a utilizar sus primeros propulsores anatómicos, a mis hermanas y a mi nos llevaba a solitarias playas a practicar deportes que hacía décadas que nadie practicaba. El que a mí más me gustaba era el windsurf, saber interpretar el viento y el mar y combinar la fuerza de ambos elementos para desplazarte sobre el agua, casi para volar. Esa sensación de ser tú mismo el que consigues el movimiento no la he sentido nunca con ninguno de los distintos ingenios que tenemos para desplazarnos a velocidades muy superiores a las que yo alcanzaba sobre aquellas tablas que parecían sacadas de un museo. Y sin embargo era practicando windsurf con mi padre cuando me sentía más unido a él.
Como había supuesto, uno de los rotores de la vela principal está dañado. Todos los sensores indican la existencia de un fallo de tipo mecánico, aunque desde aquí resulta imposible verificar su gravedad. Un desgarro en alguno de los elementos móviles, un sensor desconectado, algún condensador de nanopartículas que se ha obturado. No lo sabemos, no podemos saberlo porque algunas de las pequeñas cámaras que monitorizan esa parte de la vela tampoco funcionan. Seguramente en algún momento colisionaron contra la nave los restos metálicos de algún satélite o las pequeñas piezas perdidas por alguna vieja nave obsoleta en su último viaje hacia el sol.
Habrá que salir, le digo a la supervisora Razer.
Ella sabe que no hay más remedio. Como responsable del mantenimiento de la vela sabe que es lo más lógico y la decisión que debe tomar. De todo el equipo, yo soy el ingeniero con más experiencia en el montaje y reparación de paneles solares, y todo apunta a que se trata de un simple problema mecánico, algo que habrá que arreglar manualmente en el mismo lugar de la avería. Sería un gasto inútil de energía y de recursos que el equipo de mantenimiento tuviese que volver a entrar por no saber exactamente lo que hay que hacer. Sin embargo, como compañera no puede evitar sentir cierto desasosiego con la idea de verme durante unas horas en el exterior, corriendo un riesgo que si bien es mínimo, es real.
-Vamos, Razer, sabes que es lo más sensato. Acompañaré al equipo de mantenimiento y haré las reparaciones que sean necesarias. Yo puedo hacer un diagnóstico en el mismo lugar e iniciar las operaciones pertinentes. Sabes que hay cosas que se acaban antes haciéndolas uno mismo, y este es uno de esos casos.
La verdad es que tengo ganas de salir, aunque salir no es la palabra exacta en este caso. Cuando sabes que te pasarás el resto de tu vida metido en una nave espacial estar por unas horas anclado en el exterior es poco consuelo, pero necesito volver a ver con mis propios ojos ese minúsculo punto que es la Tierra. Dentro de tres meses, cuando doblemos la órbita solar y alcancemos la velocidad de no retorno, la Tierra ya no será visible y cada día de viaje nuestra estrella se irá haciendo más y más pequeña hasta que de ella y de nuestro pasado ya no quede nada. Todo será nuevo entonces, y nuestros hijos tendrán que aprender que hubo una vez un planeta llamado Tierra, y a su vez tendrán que explicárselo a los hijos de sus hijos. Tal vez sean ellos los que lleguen al final del camino.
Hay un tiempo para cada cosa, debes centrarte siempre en el presente, en lo que estás haciendo en ese preciso momento. De lo contrario nunca vivirás en el instante y la vida huirá delante de tí como una mariposilla inquieta. Mi padre tuvo muy pocos años para vivir, pero los vivió plenamente y siempre intentó compartir su tiempo con nosotros. Cuando murió sentí que de algún modo una etapa se había completado, y estoy seguro que también él se fue con la sensación del trabajo cumplido. Le faltaban aún muchos años para vivir y seguramente podríamos haber hecho muchas más cosas pero el tiempo compartido sirvió para llenarlo de experiencias, de conversaciones y de cariño, y ahora tengo una gran colección de recuerdos que de algún modo me acompañan y me aportan confianza en mi mismo.
No recordaba que caminar con las botas magnéticas fuese tan cansado. A los pocos minutos los músculos de mis piernas están endurecidos por el esfuerzo. Las dos técnicas de mantenimiento exterior que me acompañan, más acostumbradas que yo a los paseos por el exterior de la nave, me recomiendan que procure alargar mis pasos lo máximo posible y que no tenga prisa por avanzar. Las velas están formadas por gigantescas placas dispuestas de tal modo que eran capaces de aprovechar distintas formas de energía. Llegará el momento en el que los rayos procedentes del sol no tendrán intensidad suficiente como para activar las placas. Será necesario emplear todo tipo de energía cósmica que podamos captar, por eso la superficie de las velas era inmensa.
Nos desplazamos por el eje central, y afortunadamente no tardamos demasiado tiempo en llegar al lugar donde está la avería. Tres o cuatro metros de uno de los paneles laterales están desconectados de la plataforma principal e incrustados alrededor del rotor. Por suerte, no se aprecia ninguna quemadura o rotura y no habrá que cambiar nada.
- Razer, hemos tenido suerte. Solo tengo que volver a conectar uno de los paneles. En media hora estará arreglado.
Sin perder tiempo comencé a encajar las nanofibras. Le pedí a mis acompañantes que inspeccionasen el resto de los paneles, aunque tenía la certeza de que la avería se encontraba en este sector. Para evitar que caminaran por el exterior más de lo necesario ellas buscaría las exclusas de los sectores B y C para regresar al interior. Sentí un pequeño escalofrío cuando las vi desaparecer entre las barras de sujección laterales, cada una en una dirección distinta. Durante los próximos minutos estaría totalmente solo. Levanté la vista y vi los reflejos que los rayos del sol provocaban sobre las velas metálicas. A esta distancia, teníamos que ser muy cuidadosos para no exponernos directamente a la luz solar. Nuestros trajes estaban preparados para soportar durante unos minutos la radiación, pero por seguridad todas las salidas se realizaban por el lado opuesto al sol. Me gustaría haberme asomado durante unos segundos y mirar directamente a nuestra estrella, pero el sentido común me hizo volver sobre mis pasos en cuanto comprobamos que los paneles volvían a funcionar correctamente. Apenas me quedaban unos metros para entrar de nuevo en la nave cuando perdí el contacto con el interior.
Noté como algo se quebraba, y silencio.
El día que murió, mi padre me confesó que una de las cosas que más lamentaba era no haber podido compartir conmigo la ola perfecta. Cuando la encuentres piensa en mí, me había dicho, y yo le aseguré que todas las olas que habíamos cabalgado juntos habían sido perfectas. Que no cambiaría ni uno solo de los momentos que habíamos pasado juntos esperando sentados sobre nuestras tablas a que el mar nos anunciase que había llegado nuestro momento. Que para mi el mar ya no sería lo mismo sin él.
-No hijo, tu gran ola aún no ha llegado. Cuando llegue lo notarás en todo el cuerpo y tendrás que ser rápido y aprovechar el impulso. Durante un instante tú y la ola seréis una misma cosa, no sabrás donde acabas tu y donde comienza la fuerza de los elementos. Será tu ola perfecta, y se que pensarás en mi.
Una pequeña vibración me hizo comprender. Acababa de producirse una erupción solar, y teniendo en cuenta lo cerca que estábamos del sol, la brutal liberación de energía haría que mi traje se desintegrase antes de alcanzar la escotilla de entrada. Entonces lo noté en mi interior, sentí como cada músculo de mi cuerpo se tensaba y vi a mi padre aupándome una y otra vez sobre la tabla hasta que conseguí mantener el equilibrio. De manera casi instintiva arquee mi cuerpo al mismo tiempo que desconectaba el anclaje automático de mis botas. Giré sobre mi mismo y vi que los guantes comenzaban a pulverizarse, pero tenía que aprovechar las ondas magnéticas para alcanzar la escotilla. Las botas serían mi tabla de salvación y la inversión de la polaridad sería la ola, mi ola perfecta.
Se que en algún lugar del inmenso universo que estamos comenzando a explorar mi padre sonríe al verme cabalgar sobre una ola solar.