Cuando
terminó de escribir su primera novela comprendió que era el momento
de dejarlo. El camino había sido demasiado largo, innumerables las
dudas y los momentos de desanimo más habituales que las horas de
entusiasmo. No. Definitivamente no había nacido para ser escritor.
Para que seguir engañándose a si mismo, para que mentir a los demás
sobre proyectos literarios que no tenía ganas de iniciar. La sola
idea de tener que enfrentarse a una página en blanco le repugnaba, y
cada vez era más consciente de que no tenía nada que contar. Antes
incluso de llegar a la última página de aquella mediocre novela
sabía que no volvería a intentarlo, que sus tiempos de aprendiz de
escritor habían llegado a su fin.
Ni
siquiera se preocupó en buscar explicaciones. La vida era demasiado
breve para perder el tiempo buscando las razones de lo que no puede
ser, aunque haya personas que se ganan la vida pensando e incluso
comunicando a los demás sus conclusiones, tal vez buscando en el
otro una confirmación, una especie de certificado que les sirva para
justificar la pérdida de tiempo que supone el pensamiento puro, esa
infantil tendencia del ser humano hacia la explicación de si mismo y
lo que le rodea.
Estaba
cansado de buscar razones, de intentar comprender, de querer creer
que las vidas tienen una razón de ser, un objetivo. Durante muchos
años había sentido que su meta en la vida, lo que le daría sentido
a su existencia, sería ser escritor. Desconocía de donde provenía
este afán, pero con el paso de los años fue acumulando lecturas y
anotaciones con la esperanza de llegar algún día a ver su nombre en
la portada de un libro, de poder decir al mundo que también él
pertenecía al grupo de los escritores que escriben.
Y
ahora que la novela estaba terminada descubría que le daba igual. La
literatura, como todo arte, es cuestión de práctica, y el no tenía
ganas de seguir practicando. Tal vez ya no sentía la necesidad de
reafirmarse a través de las palabras, de decirle al público estoy
aquí y se hacer esto, es mi talento. Se sentía mayor para gritar
aquello de mira mamá, sin manos!! Pues en el fondo sentía que la
vida de las personas se reducía a esto, a un simple lucimiento de
nuestro ego, a una infantil exposición de nuestras virtudes,
continua demostración de lo que sabemos hacer, o lo que creemos que
sabemos hacer y que se nos da bien. Los deportes, las aficiones, las
deslumbrantes carreras profesionales, nuestra actitud en la carretera
e incluso la necesidad de dejar claro que somos los padres mas
chachis del parque esconde cierta tendencia al lucimiento personal, a
la necesidad de se ser admirado. Como escolares buscando
reconocimiento de los adultos o de sus iguales, niños de guardería
enseñando orgullosos sus dibujo o las niñas que juegan al fútbol
convencidas de que tendrá la atención de sus padres por unos
minutos.
Entendió
que lo que le importaba no era hacer literatura o contar historias
más o menos entretenidas. Ni siquiera ser escritor era lo que podía
llenar los huecos que las vidas van dejando en nuestros días. Lo que
realmente le interesaba era recibir de los otros su dosis de
atención, de mimos sociales, de caricias en su ego tan maltratado
por él mismo. Por eso, cuando terminó su primera novela decidió
deshacerse de todo aquello relacionado con sus penosos avatares
literarios. Quemó libretas y papeles viejos, regaló los libros en
las esquinas, formateó el disco duro de su ordenador y dejó al
alcance de sus hijas las memorias USB. Y sintiéndose libre para
expresarse sin preocuparse lo más mínimo por la forma o por el
contenido decidió abrir un canal en YouTube para hablar de fútbol o
de política y con algo de suerte incluso podría terminar de
tertuliano en algún medio de comunicación.
